Un estado gigantesco
Terminó el período de las vacas gordas y, como
siempre ha ocurrido antes, vamos hacia el de las vacas flacas. La
parábola bíblica de José, al interpretar los extraños sueños
del Faraón de Egipto, ha dado pie a una excelente analogía entre
aquel relato y lo que sucede a los hombres en la vida real, en
cualquier tiempo y en cualquier civilización.
Está también la fábula esópica, sacada de la
literatura griega, que narra el desempeño de la cigarra y la
hormiga. La primera alegre y despreocupada y la segunda tesonera y
previsiva.
En ambos relatos, tanto el bíblico como el
griego, la moraleja es igual. Hay tiempos buenos y tiempos malos, y
como la vida económica de los pueblos es impactada por los ciclos,
entonces hay que tomar previsiones anticíclicas de la misma forma
como las regiones, que anualmente son azotadas por el paso de los
huracanes, se preparan para recibirlos.
Pero en Venezuela volvemos a tropezar dos veces
con la misma piedra. Los precios del petróleo subieron, y otra vez
dejamos de prepararnos para el previsible período de precios bajos.
Ahora se anuncian restricciones en el otorgamiento de divisas, en el
aumento de los salarios, al igual que un endeudamiento público
masivo para financierá el costo de funcionamiento del Estado.
Es sorprendente saber que en el año 2000 el
presupuesto de la República se podía financiar con un barril de
petróleo a 34 dólares y que el presupuesto de 2009 sólo es
financiable con un barril a 100 dólares. Es decir, nueve años
después se necesitan recursos casi tres veces superiores para
sufragar el costo de un aparato estatal que no es tres veces más
eficiente, ni ha construido tres veces más carreteras, avenidas,
acueductos, escuelas, hospitales, ni tiene tres veces más jueces,
policías, fiscales y cárceles.
Tenemos un Estado gigantesco que demanda de
muchos recursos para su mantenimiento y que nos está saliendo muy
caro a todos.